fevereiro 24, 2014

Un monasterio olvidado: La Encarnación de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas)

 

Un monasterio olvidado: La Encarnación de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas)

 

¿Conoces este magnífico lugar?

Recientemente se celebró en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Estado de Chiapas, la reunión de la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica, A.C., presidida por el Pbro. José Gerardo Herrera Alcalá.  El objetivo de dicha reunión consistió en la visita al archivo de la diócesis, uno de los más ricos en el  Estado, y la programación de las actividades de este segundo semestre.

Ingresar a los archivos de la catedral es asombroso.  Se hospedan en un amplio salón, oscuro,  anexo al templo. Para llegar se debe ascender por una escalera despintada de piedra caliza, antigua, que encamina a un cancel de barrotes grises de hierro forjado. Por ahí se ingresa a la Sala Capitular, donde se ostentan las pinturas de los obispos de la diócesis desde el siglo XVI hasta nuestros días y donde fray Bartolomé de las Casas ocupa un lugar destacado.

Aun cuando no seamos expertos en la consulta de archivos, el visitante percibe una vibra provocadora de los legajos antiguos que invitan a solicitarlos y leerlos.  Los documentos se comunican con los visitantes y fue así que encontré esta información que ahora les comparto.

En uno de los legajos más voluminosos que se resguardan en el archivo se encuentra la historia del único convento de monjas que se fundó durante el periodo virreinal en San Cristóbal. La documentación se extiende desde 1610, año de su fundación, hasta 1864, año en que fue clausurado por las disposiciones de las Leyes de Reforma.

El convento de monjas concepcionistas de la Antigua Ciudad Real de Chiapas, llevó el nombre de Nuestra Señora de la Encarnación y fue fundado por monjas provenientes de la ciudad de  Guatemala ya que Chiapas formaba parte de la Capitanía General de dicha entidad.

Las preguntas que nos asaltan para tratar el tema son: ¿Por qué se fundó un convento de religiosas en una ciudad tan lejana de la capital de la Nueva España? ¿Había la economía suficiente para que la sociedad de dicha ciudad mantuviera a sus monjas enclaustradas? ¿Por qué vinieron las fundadoras de Guatemala habiendo tantos conventos en otros obispados de la Nueva España?

Ciudad Real, hoy San Cristóbal de las Casas, fue el centro económico más importante de Chiapas. El número de encomenderos y comerciantes españoles (es decir, blancos y mestizos acriollados), creció de 50 que había a mediados del siglo XVI a cerca de 250 en 1620. El valor de las encomiendas descendió, pero aumentó la producción de las plantaciones azucareras y el cultivo del trigo. Productos como el añil, el cacao, y la cochinilla, apreciados por los comerciantes, salían por las rutas de Veracruz, Villahermosa e Isla del Carmen; otras de Ciudad Real a Guatemala.

La ciudad fue creciendo con su población mestiza. Los blancos se reproducían y los hijos de éstos debían contar con espacios de trabajo y recreación. Fue así como se fue formando una comunidad amplia donde las mujeres se matrimoniaban para dar continuidad a la descendencia. Pero no todas optaban por dicho estado, o bien, las dotes que debían acompañar a la casadera no alcanzaban. Y entonces para canalizar a esta parte de la sociedad las mismas autoridades locales, tanto eclesiásticas como civiles, veían la necesidad de fundar un convento para dar cabida a las mujeres con vocación a la vida religiosa. La lejanía de Ciudad Real pedía un convento propio.

El fundamento con que las autoridades justificaban su petición al rey de España para dar cabida a un convento de monjas consistía en amparar a mujeres descendientes de conquistadores que se habían empobrecido. A fines del siglo XVI se registran en Ciudad Real 236 mujeres nobles, hijas de descubridores y pobladores pobres “y que por serlo y conservar su virtud en recogimiento deseaban fundar monasterio  de monjas y que por hacer merced a aquellos primeros descubridores y pobladores y que por este medio recojan sus hijas para que la falta de hacienda no sea ocasión de peligrar sus honras”.  Es decir, no todos los blancos habían obtenido riquezas.

Es claro, por otro lado, que había que abrir un espacio para esas mujeres que de otra manera no hubieran canalizado sus vocaciones a la vida religiosa. Pero también es claro que la pujanza económica de Ciudad Real era lo suficientemente fuerte para mantener a sus monjas en su convento. A mayor importancia de una ciudad, mayor número de monasterios masculinos y femeninos.

En cuanto a la necesidad de traer monjas fundadoras de otro convento, dada la lejanía de Ciudad Real, la urbe más importante y cercana era Guatemala. Fue así como después de un viaje lleno de aventuras y peligros, monjas provenientes de dicha ciudad de la orden de la Concepción fundaron el nuevo convento dedicado a la Encarnación. Las monjas viajaron en estricta clausura, cubiertas de sus hábitos en literas cargadas por mulas y burros. Las descripciones interesantes de este viaje muestran que además eran acompañadas por animales de carga que transportaban imágenes de talla, pinturas, hábitos, indios, esclavos; indias que ayudaban a las monjas en su aseo y vigilantes de sus sueños. Todo esto en medio de las copiosas lluvias, barrancos, selvas y caminos difíciles, noches enteras que había que proteger a las religiosas.

Finalmente llegaron a Ciudad Real en medio de la aclamación de la población que había destinado un solar amplio en lo que ahora es la Casa de Cultura y el templo del Carmen. Poco a poco fue creciendo la población de las monjas con todo lo que conllevaba el crecimiento: esclavas, criadas, la construcción de celdas para cada una de las monjas que variaban en tamaño y decoro de acuerdo a la riqueza de cada una de ellas.

Vale la pena recordar estas historias para darle el valor que le corresponde a la sociedad de su tiempo y admirar con gusto y orgullo las herencias arquitectónicas de tan bello espacio dedicado a la contemplación por parte de las monjas chiapanecas.

Pero el legajo es extenso y habrá más historias por contar.

Por Manuel Ramos Medina*

 

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